Estoy repleta de pena.
Él me miró, por un rato, fijo a los ojos y yo, enrrojecida, miré hacia abajo y reí nerviosa, después de casi dos años sigues dándome mariposas. Un desayuno liviano, saludable. La pared durazno destrás de sus ojos amables.
En el mismo lugar, él me miraba de reojo, el silencio era intenso, la expresión de pesadez me mantenía mirando la comida. El dolor crecía, la pena. Un desayuno abundante y delicioso, La pared durazno se fundía con su cabello que todavía no corto, sus ojos que no me atreví a cruzar.
Misma escena, un día de distancia, dos corazones. Uno que se alegra y entusiasma cuando hablo de mis sueños, otro que al escucharlos, se aterra del final, de los cambios, y explota en emociones hasta ese silencio abrumador.
Estoy repleta de pena.
Ayer hablé con mi madre por 5 horas. La extraño. Las extraño a todas. No paro de llorar.
Estoy repleta de pena.
Sueño con el fin del mundo y sufro porque no puedo tenerles a todes juntes.
Estoy repleta de pena.
Tanta, que no tengo energía para nada más que estar en cama, escribir tres oraciones y mirar el teléfono como si ya hubiera muerto.