23.4.25

La Primavera.

En la madrugada sentí la lluvia, me trajo un sentimiento fulminante de calma y amor, me sentí en casa otra vez. Hoy amaneció soleado como nunca, un calor que no sentía hace ocho meses y las flores nuevas llenaban las calles. Extrañé tanto este amor, pero desperté triste, el vacío en mi pecho creció mientras dormía y al abrir los ojos caí.

No quería salir, pero tuve. Pensé "si voy rápido y vuelvo nada malo puede pasar", me sentí tan débil, pero me convencí porque merezco tener frutas y verduras en mi casa. Merezco hacerme un pastel de choclo, merezco mi amor propio.


En el supermercado al ponerme a la fila no ví a una señora, o eso dijo ella al menos. La pequeña Alemana con mascarilla en vez de decirme, decidió ponerse al frente mío con actitud de niña orgullosa, sin ni mirarme.

"Disculpe" le dije. "Yo estaba ahí, tu no me viste." fue su respuesta, en tono cortante y aún sin mirarme. Un hervor subió por mi cuerpo, estuve atónita unos segundos, conteniendo las lágrimas que se me venían enrabiadas desde el vacío en mi pecho, contenidas por tanto tiempo, y al fin respondí: "Podría haberme dicho, fue un accidente, no haría algo así con intención."

No recibí respuesta ni reacción alguna, la miré poner sus cosas en la banda de la caja, como en cámara lenta, esperé y puse las mías, y mientras se alejaba murmuré: "con razón los viejos Alemanes están tan solos."


No sé si me escuchó, espero que no, me siento culpable por decirle eso a una persona tan antigua, probablemente muy dañada por la vida, por la guerra, por una cultura fría. Una niña orgullosa que cree que todos están en su contra y siente que debe proteger su lugar que ha sido removido incontables veces. 


De camino a casa repetí demasiado la situación en mi cabeza para un camino tan corto. Me topé con otra señora en la parte estrecha del cruce ferroviario, me miró con cariño, la saludé y la dejé pasar, me dio las gracias, sonrió, yo también, seguimos nuestros caminos. Quisiera haberle dicho algo más, agradecer su humanidad, su fuerza para no dejarse llevar por el dolor de estas tierras tan lejandas a mi corazón y que piso todos los días. 

Este idioma me contiene y la ansiedad social con el miedo a sus reacciones me tiene siempre andando con cuidado. Es un miedo distinto del que vivía en mi patria, allá podrían asaltarme, matarme, abusarme... Aquí solamente van a ser agresivos y violentos en lenguaje, tratarme como externa, no es una amenaza física, es al corazón, un dolor intenso, sobre todo para los que, como yo, siempre nos hemos sentido alienígenas en este planeta, sin importar la cultura que nos rodee.


Quise vomitar, subí las escaleras y cerré la puerta con llave como siempre para no olvidarlas cuando salga otra vez. Necesité apoyarme contra la pared en la debilidad que me dejó todo esto, dejé las bolsas en la cocina y me puse pantalones cómodos, volví a revivir la situación. Quisiera haberle dicho "Lo siento, no lo hice a propósito". Me sentí frustrada, detesto esta cultura, este idioma. Miré mi casa, mi cerebro se fue a disociar pensando en el orden, el deshacerme de los cachureos, el papel mural que quiero cambiar, el pronto cambio de casa, que la casa está mal distribuída, que, que, que... 

Lloré, con la cara roja y arrugada, con lamentos audíbles, y en cada lágrima fui honesta al fin:

"¿Por qué no soy una persona normal, por qué siento tanta rabia cuando me equivoqué, por qué no pude decir simplemente, lo siento y que pasara, por qué sigue conmigo y no se va y no se va y no se va? ¿Por qué mi cerebro no se calla, piensa y busca y sigue? Estoy exhausta, chata de mi misma a veces.

Quiero estar en casa, esa utopía en el sur de Chile que no sé si es posible tener.


- "quiero morir", pensé otra vez, lloré más porque mi resolución de año nuevo era dejar de desearme la muerte. No quiero odiarme más, no quiero morir más. Pero lo deseé igual, otra vez.

Este tiempo sola o me va a sanar, o me va a matar, y es mi decisión al final.